Sobre primeros y últimos días

Lo que más recuerdo del primer día es esa sorpresa inicial al salir del aeropuerto en un Helsinki que aún no conocía y pensar: ¡qué coño, pero si aquí no hace frío!

Gente en manga corta, gafas de sol, vestidos, y yo con dos maletas llenas de jerséis y camisetas térmicas (que, debo confesar, solo me he puesto una vez).

También recuerdo las despedidas, los abrazos, los “no mueras de frío allí”. Los nervios. Sí, ese miedo creciente en la boca del estómago ante una ciudad desconocida, un semestre que podía ser la mejor o peor decisión de mi vida.

Y cómo no hablar de esos primeros días en los que empiezas a conocer a tus compañeros de piso poco a poco: música, cine, hobbies, y otras muchas cosas que solo salían con una cerveza (o varias) y una cachimba en el porche de casa.

Desde entonces han pasado muchas cosas. Aprendí a montar en bicicleta y a no poder vivir sin ella, he sobrevivido con cuatro horas de luz al día y con nieve hasta más de los tobillos, también he ido a la playa, he visto auroras boreales que se comían el cielo, me he tirado por la nieve en trineos como una niña pequeña, hemos aprendido inglés y también a equivocarnos hablándolo.

He visitado países que por mi cuenta no creo que lo hubiera hecho: Rusia, Suecia, Estonia y Letonia; he pasado noches durmiendo en las zonas más incómodas de aeropuertos, he estado cansada y harta, y aun así siempre hay ganas de más.

¿Y sabéis? A -28 grados el flequillo y las pestañas se hacen hielo y la nariz se congela. (Y eh, cuidado con las orejas, que se caen).

Nos hemos hecho fijos del alcohol de contrabando, de las tiendas de segunda mano, de la comida de Mathilda y de las, en ocasiones, complicadas digestiones. He aprendido que para ir a comprar solo necesito saber dos palabras en finés: Kiitos (gracias) y laktositon (sin lactosa).

Pero, aparte de pasarnos cosas, también ha pasado el tiempo. Y con el tiempo uno crece.

Ahora que ya solo me quedan un par de días aquí y que nos anochece a las once de la noche hay tiempo para pensar y darte cuenta de que esta experiencia ha conseguido que ya no seas como antes. Por eso mismo, he aquí el objetivo de mi última entrada en esta categoría: Vale la pena, de verdad, un Erasmus lo vale. Incluso en Finlandia.

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