El nuevo

Viene contento

el nuevo

la sonrisa juntándole los labios

el lápizfaber virgen y agresivo

el duro traje azul

de los domingos.

Decente

un muchachito.

Cada vez que se sienta

piensa en las rodilleras

murmura sí señor

se olvida

de sí mismo.

Agacha la cabeza

escribe sin borrones

escribe escribe

hasta

las siete menos cinco.

Sólo entonces

suspira

y es un lindo suspiro

de modorra feliz

de cansancio tranquilo.

Claro

uno ya lo sabe

se agacha demasiado

dentro de veinte años

quizá de veinticinco

no podrá enderezarse

ni será

el mismo

tendrá unos pantalones

mugrientos y cilíndricos

y un dolor en la espalda

siempre en su sitio.

No dirá

sí señor

dirá viejo podrido

rezará palabrotas

despacito

y dos veces al año

pensará

convencido

sin creer su nostalgia

ni culpar al destino

que todo

todo ha sido

demasiado

sencillo.

Mario Benedetti

 

En este sencillo y breve poema Benedetti contaba, no tan sucintamente, cómo el paso del tiempo hace que nos cansemos de todo. En este caso del trabajo.

El primer día todo es muy bonito, pero a medida que va pasando el tiempo las cosas se recrudecen. Un día levantas la cabeza de encima del escritorio y te das cuenta de que han pasado 10 o, quizá, 20 años.

Por suerte o por desgracia, no me han hecho falta esos 10 o, quizá, 20 años para darme cuenta de que trabajar es lo peor que puede pasarle a una persona en la vida. Vale, puede que esté exagerando. Pero hacer un trabajo que no te aporta nada, en un ambiente enrarecido y malo, en un lugar al que religiosamente has de acudir todos los días laborables de la semana, mientras cuentas los segundos, minutos, horas, días y meses para que llegue la hora de salir, el fin de semana o las vacaciones de verano, es horrible.

Yo aún no he trabajado de verdad. Solo me han hecho falta un par de meses de prácticas aburridas, cansinas, pesadas y no remuneradas para darme cuenta de que no sé lo que quiero hacer con mi vida, pero sí lo que no quiero hacer. Y me niego a pasarme la vida atada en una oficina cumpliendo las órdenes de un jefe despótico, abusivo y caradura que es incapaz de ver más allá de sus narices.

En estos últimos meses me han llamado ingenua. A veces lo han dicho directamente, otras no ha hecho falta y simplemente lo he visto reflejado en las caras de mis interlocutores. ¿Soy ingenua por querer vivir en lugar de trabajar? ¿Por no querer malgastar mi tiempo en un lugar que me desgasta y no aporta nada bueno a mi vida? ¿Por querer trabajar para poder vivir y no vivir para trabajar?

Pareciera que solo se puede vivir la vida de una manera. Estudias, estudias, estudias, estudias, acabas la carrera y trabajas. Siento defraudar a quienquiera que defraude, pero llevo toda mi vida estudiando, sin poder hacer lo que realmente quiero y ahora que estoy rozando con los dedos la libertad, ahora que casi he cumplido con la “obligación” que se me supone ¿tengo que ponerme a trabajar en un sitio en el que me explotan y no me pagan? No voy a malgastar los mejores años de mi vida trabajando. Siempre tendré tiempo para que abusen de mí de ese modo, pero ahora me niego. Prefiero gastarlos aprendiendo, viajando, saliendo, experimentando y cometiendo muchos errores.

 

 

*Seguramente, esta reflexión será solo el fruto de una mala experiencia, puede que en un mes o un año cambie de opinión. O puede, como más de una vez le he dicho a mi padre: que me vaya a la India a cultivar lechugas sin que nadie me moleste. 

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