ENSEÑAR Y EDUCAR PARA LA VIDA

Hace unas pocas semanas tuve el placer de poder acudir a una conferencia de César Bona, el mejor profesor de España. Habló del sistema de educación español, de sus técnicas de aprendizaje, de la universidad y de los futuros docentes, entre otros temas, pero lo que recalcó una y otra vez para dejarnos bien claro a todos los docentes y futuros docentes que estábamos allí, era que no olvidásemos nunca el verbo más importante para educar o enseñar: ESCUCHAR. Escuchar a nuestros alumnos, a otros docentes, a los padres y madres, a nosotros mismos y desde ahí lograr el cambio que tanto necesitamos.

Ese día salí de aquella conferencia pensando que lo que tenemos en nuestras manos es tan sumamente importante que a veces no caemos en ello. Somos y seremos el punto de referencia de muchos niños y niñas a lo largo de nuestra carrera y esto es lo que te lleva a replantearte… ¿Cuál es la mejor forma de enseñarles? La más eficaz es esa en la que todos aprendan, que sea dinámica, que se cumplan los objetivos establecidos y que, además, todo ello lo logres en un periodo de unos tres meses: los famosos “trimestres”. En definitiva, con todas estas cosas que realizar, acabamos convirtiendo en obligación algo que debería de ser una pasión.

Es más, parece una tarea casi imposible reunir todas esas condiciones en una metodología perfecta de aula. Por eso, debido a la presión que tenemos por desarrollar los objetivos dentro del plan establecido acabamos siendo menos dinámicos casi por obligación, porque no hay tiempo. Suponemos que planeando una clase todos conseguirán alcanzar el objetivo, pero no es así, cada niño/a aprende a su ritmo y a su manera, lo que hoy te funciona con uno de ellos mañana puede que no funcione con otro. En general, hay que entender que trabajamos con niños, por eso olvidemos un poco lo de cumplir una lista de objetivos en un tiempo limitado y dejemos correr la curiosidad y creatividad de cada uno de ellos para hacer que descubran por sí mismos sus ganas de aprender.

A los de infantil les piden, o casi les exigen, que los niños salgan de esta etapa sabiendo leer y escribir para entrar en primaria y este es el mayor error que se puede cometer, porque el niño que no consiga este objetivo ya está cayendo en una frustración que arrastrará durante todo su periodo educativo, ya que será etiquetado y no estará al ritmo de los demás. En la mayoría de los casos, ese niño solo necesita una adaptación diferente o simplemente un poco más de tiempo, tarde o temprano va a saber leer y escribir, por lo que no hay que agobiarse, cada cosa a su tiempo.

Además, los niños dan un cambio bastante brusco porque pasan de los primeros tres años de escolarización en los que las clases son más dinámicas y aprenden desde el juego, a estar cinco horas al día escuchando lo que un maestro/profesor les cuenta de un libro de texto, sentados y callados porque ya son “mayores” y están en primaria. Hay que continuar con esa dinámica de clase en la que se les deja descubrir el aprendizaje por ellos mismos y se favorece que expresen sus opiniones. Este debe ser el objetivo primordial, quizá así podamos construir una sociedad más segura de sí misma que sepa hablar y escuchar a los demás, dejando que aprendan de su propio error y experiencia y no de alguien que les diga: “no, eso está mal”. Hay que dejarles claro que aún no lo sabemos todo, que ellos pueden enseñarnos también.

Otro punto a tratar son las horas y horas que desde pequeños pasan en un colegio y que al llegar a casa tengan deberes hasta la saciedad. ¿Para cuándo el momento de ser niños? Hay suficientes horas en el aula para trabajar los contenidos y solo bastaría con un ratito en la tarde para reforzar alguno de ellos. Porque ¿qué te parecería a ti, adulto, si después de una jornada de 8 horas de trabajo, llegas a casa y no puedes descansar porque tienes que seguir trabajando?
Por esto y por mil y una razones más, necesitamos un toque de aire fresco, un cambio en la dinámica. Conseguirlo está en nuestras manos, porque no hay frase más triste que escuchar a un niño decir: “no, al cole no quiero ir”.
Evolucionemos, pasemos de ser vistos como maestros inflexibles a ser maestros tolerables, a ser maestros para la vida.

Manuela.

 

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