La austera vida del erasmus

Las nuevas generaciones de hoy en día tienen de todo y al mismo tiempo necesitan de todo. Yo, por supuesto, me incluyo en el grupo. Es muy común oír a nuestros mayores decir cosas como “a tu edad yo podía vivir sin eso perfectamente” o algo como “no valoráis lo que tenéis”. Prácticamente es pan de cada día.

Es algo paradójico decir que un estudiante que se marcha de beca Erasmus gasta una barbaridad de dinero cuando al mismo tiempo lleva una vida sin ningún tipo de lujo, incluso me atrevería a decir que una vida un cierto austera.
Sí, has leído bien, austera.

Si echo la mirada hacia atrás y comparo un antes y un después, pongo la mano en el fuego cuando digo que ahora somos personas que necesitan mucho menos. ¿El ejemplo más claro? Abrir cualquier alacena de la cocina de un erasmus y encontrarse lo mismo: un vaso, un plato y un cubierto. Sin más. Si se ensucia, lo limpias, si no invéntate dónde comer.

Hemos aprendido a sobrevivir y nos hemos adaptado al medio en el que nos encontramos. Es eso, o pasarlas canutas. Pero vayamos hablando de hechos, que es lo que nos interesa.

Algunos sabemos que tenemos que reservar la colada bien temprano porque es un hecho tener solo una muda de sábanas, y la cosa es: o se secan, o esa noche duermes en el colchón desnudo.

Si hablamos de ropa o de tener un armario llevo de zapatos y vestiditos tengo que decir que eso aquí es impensable. Cuatro pares de zapatos y de esos solo uno de ellos sirve para la nieve. Así que es fiesta el día en el que la nieve se derrite porque puedes cambiarte de zapatos.

¿Microondas? Qué es eso? Aquí a calentarse la leche en un cazo como se ha hecho toda la vida.

Algunos incluso hemos aprendido a montar en bicicleta con el sillín roto aún a expensas de poder salir volando en cualquier momento.
Y cuando volamos, curarnos las heridas con alcohol etílico porque Betadine no hay.

A todo esto, tengo que confesar que ya tenemos comida oficial del erasmus en Finlandia: noodles.

Pero eso sí, todo no son penas. Valoramos hasta lo más mínimo, hasta lo más pequeño que nos ocurre en el Polo Norte nos parece un regalo.
El mejor ejemplo es esa alegría infinita (casi llegan a salir lagrimones) cuando recibes un paquete lleno de comida y en el remitente está escrito: “Mamá”.

Sientes que tienes la moral arriba cuando eres capaz de mantener una conversación de 30 minutos con un extranjero y no tienes la sensación de haberle pegado patadas a la gramática inglesa.

Hemos llegado a valorar hasta el huevo frito que nos ponen en la cafetería de la universidad, o que te levantes una mañana y el sol esté en el cielo aunque fuera hagan menos quince grados.

Como ves, aprendemos a vivir con poco, hasta el punto de que tu posesión más preciada sea una baraja de cartas y el aceite de oliva (el cual racionas como si fuese oro).

Hay personas que nos preguntan por qué nos vamos de Erasmus si al final vamos a tener más problemas que otra cosa. Y nunca entenderán las verdaderas razones de por qué esto es algo único y que vale la pena vivirlo mil veces.

Mi conclusión es muy básica: lo que te llena el día a día son las personas y lo que compartes con ellas. Cuando todo acabe, es lo que nos vamos a llevar con nosotros, pequeñas partes de todas las personas que hemos llegado a conocer y a los que hemos tomado un gran cariño.

Es cierto que hay días que te levantas con ganas de que el mundo que hay al otro lado de la ventana se haya detenido, mientras que otras veces estás sentado con tus compañeros en una common room con una cerveza en la mano y pensar “solo por esto vale la pena”. No hay nada mejor que la cara de gozo de un extranjero al probar un trozo de tortilla que acabas de preparar y que después él comparta contigo algo suyo.

Hemos dejado a un lado la importancia de lo material para saber que la persona es lo que importa.

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